Entrada original 28-04-08Fin de siglo y decadentismo
El Romanticismo, de la primera mitad del siglo XIX, puede leerse como la autoconciencia de que la idea clasicista de una belleza universal, inteligible y atemporal ha entrado en crisis. Desde el punto de vista de la Modernidad, se ha producido una fractura entre una tradición de criterios fijos, la creencia en una estética de la permanencia sostenida en el ideal de belleza trascendente e inalterable, y la conciencia artística del peso de lo inmediato y la transitoriedad. De allí que los valores centrales de las concepciones estéticas que lo seguirán pongan en el centro el cambio y la novedad: la belleza de lo transitorio.
De este modo, se abre una paradoja que explicará las complejas relaciones que entrañan categorías como Decadentismo y Vanguardia. Estos conceptos estéticos, en los que se pueden ver aspectos intercambiables, revelan la deconstrucción de los binarismos con los que se define la Modernidad: lo objetivo vs. lo personal y lo subjetivo; el tiempo cuantificable y sujeto a los vaivenes del mercado, propios del capitalismo vs. la durée imaginativa, el tiempo privado creado por el desdoblamiento del yo.
Dicho de otra manera, desde el punto de vista cultural, se ponen de manifiesto las razones del profundo sentido de crisis que la habitan y su alienación de la otra Modernidad, que a pesar de su objetividad y racionalidad, ha perdido, tras la muerte de la religión y la desacralización del mundo, toda justificación metafísica. El yo del artista se aleja de la realidad y, en exilio interior, se refugia en el espacio sagrado del arte como reacción a la desacralización del mundo y a la patente deshumanización de un tiempo social donde priva lo material y la racionalidad instrumental burguesa. Por esto, las tendencias artísticas de fin de siglo se enfrentan a la noción historicista de la historia como progreso o reconstruyen la vivencia de un tiempo que no es el del trabajo medido por el reloj sino que tiene más que ver con la circularidad del mito y el ciclo vital. (Calinescu:1991:15-7).
Por estos motivos Modernidad y Decadencia solo son conceptos excluyentes si se los mira de manera maniquea, más bien expresan una tensión que lejos de ser polar revela una compleja dialéctica en la que hay un punto en que la distancia entre ellas resulta indecidible. Baste señalar, al respecto, que si consideramos que la decadencia implica declive, crepúsculo, otoño, senectud, agotamiento, morbosidad, putrefacción, sus antónimos, amanecer, primavera, juventud, germinación, vitalidad, terminan de completar la circularidad de una metáfora natural que no revela otra cosa el eterno retorno y la lucha de las fuerzas de la vida. (Calinescu:1991:153-5).
Es posible ver en esta estructura del sentimiento de lo decadente propio de la modernidad, que se manifiesta en el arte, el funcionamiento del mito del progreso como enemigo de la vida, de modo tal que el alto grado de desarrollo tecnológico alcanzado en la llamada Belle époque resulta paralelo, y complementario, de una aguda y angustiada sensación de alienación y pérdida. Ahora bien, este sentimiento de decadencia cultural que culminará en la emergencia del la categoría estético histórica del Decadentismo, que se revela como amor por lo decadente, unido a las repercusiones del proceso de secularización del mundo, su desmiraculización (Weber:1993:64), generará la necesidad de que el arte reponga aquello que se ha perdido, el lugar de lo sagrado, a través de la constitución de un espacio secreto, separado de lo profano y sin función social (l´art pour l´art).
Al respecto, señala Rafael Gutiérrez Girardot que el Modernismo hispanoamericano, estrechamente ligado al Decadentismo, no solo es “conciencia y expresión de la época de fin de siglo, sino una captación de dicha época” (1988:89) y en este sentido el concepto de ¨galicismo mental¨ que se le enrostra no revela otra cosa que la misma toma de conciencia del cambio histórico y espiritual que se ha producido y cuyas consecuencias son el desamparo del hombre y la sustitución de la religión en ruinas por visiones construidas por la fantasía con los restos de aquella. La misión del arte será, a partir de ahora, la de proponer la utopía de una totalidad a través de la reelaboración de los fragmentos que han quedado de ella pero en total separación de un mundo que se ha secularizado rompiendo su conexión con lo sagrado. Los artistas, torres de Dios, pararrayos Celestes, tomarán en sus manos la tarea de resacralizar lo profano a través de una serie de operaciones que instalan por medio de complejos artificios estéticos una mirada sacra y un lenguaje religioso para cantarle a la patria, a la ciudad y a la experiencia erótica.
En este sentido, como señala Enrique Foffani, el Modernismo, no sólo será el discurso lírico que se mueve entre el Romanticismo y la Vanguardia sino, sobre todo, una filosofía de la historia que pone en evidencia los efectos que la Modernidad produjo en la esfera del arte.[1]
Fragmento de un trabajo de investigación sobre Modernismo y Neobarroco. Alicia Montes
[1] Fundamentos del seminario de doctorado, Nuevas configuraciones de la lírica hispanoamericana en el proceso secularizador de la Modernidad en el período 1880-1920, UBA, Facultad de Filosofía y letras, 2007, pág. 3.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario