1 de marzo de 2009

12º : Modernismo Rubén Darío

Entrada original: 10-03-08
Retrato al óleo de Rubén Darío

Sin duda alguna, en la obra del nicaragüense Rubén Darío, poeta nicaragüense, (1867–1916) se expresan todas las tendencias que constituyeron el amplio abanico del Modernismo . Su concepción del poema y de la poesía pueden tomarse como ejemplares y describen de manera clara cuál era la misión del poeta y cuál la razón por la que el artista se encerraba en su “torre de marfil”.

Estética
Todo cuanto se ha dicho sobre el Modernismo se aplica en grado eminente a Rubén Darío. Él logró la síntesis definitiva entre lo parnasiano (Parnasianismo: escuela de poetas franceses 1866-1890, que practicaban el arte por el arte, según la cual el fin del arte es sólo producir efectos eséticos, sin tener en cuenta otras consideraciones morales sociales, políticas, etc. y construían sus poemas con gran rigor formal), los simbolista (escuela poética francesa del S. XIX, que reaccionan contra los parnasianos y románticos y tratan de crear una poesía que sugiera la vida íntima del poeta mediante correspondencias entre ella y el mundo de los objetos. De este modo buscan tambéin sonoridades y ritmos que sugieran un estado espiritual semejante al suyo. De ahí su preferencia por el verso libre, no se sujetan a métrica o rima) .
En R. Darío hallamos los temas paganos exóticos, legendarios, cosmopolitas. . . o la intimidad doliente. Su estilo ofrece variados tonos: lo frívolo, lo sensual, lo meditativo, la exaltación patriótica. . . y siempre asombra con su dominio de las más diversas formas. Sus deslumbrantes imágenes, su fuerza sensorial y su sentido de la musicalidad resultan proverbiales. Insistamos en el enriquecimiento de la métrica que llevó a cabo.

Obra

Tras varias obras primerizas, en 1888 publica Azul que señala el nacimiento de un nuevo estilo, pórtico triunfal del Modernismo. Libro revolucionario que conmueve al mundo de letras hispanoamericanas y europeas. Azul, color simbólico, color de lo ideal, el poeta camina hacia la inmortalidad porque viene de lo azul y va hacia lo eterno. Con este libro Darío rompe los viejos moldes. Azul comprende prosa y verso. Su maestría es ya patente en los poemas a ls cuatro estaciones o en sus sonetos escritos en alejandrinos, a la francesa. Muy famoso es el dedicado a "Caupolicán" .



En 1896 publica Prosas profanas: estamos en el apogeo del Modernismo. Este es la obra de los cisnes de belleza formal. La nota musical que nos traslada a Grecia y a Francia del S.XVIII, la pagana, la versallesca que ama los placeres refinados, la elegancia sutil, el esplendor dorado. En la métrica es el libro de mayor diversificación y el de la preferencia por los más musicales: el decasílabo de "Blasón" , el dodecasílabo de "Era un Aire Suave", el alejandrino renovado por influencia francesa, y el endecasílabo, uno de los más viejos de nuestra lírica, pero diversificado también para extraerle todas sus armonías con el cambio de acentuación. Darío eleva la poesía a una altura estética insospechada en composiciones como "Era un aire suave," "Sonatina", "Blasón" etc. Darío desata su curiosidad y placer en un mundo nuevo de objetos mitológicos, orientales y de Francia rococó. Hasta la evocación del campo argentino y español hay un "espejo deformante" fabricado en París.
La poesía de Prosas profanas representa la esencia del "MODERNISMO" tanto en el predominio de las imágenes exóticas, liras, colias, ebúrneos cisnes, bufones escarlatas, pavos reales, siringos agrestes, púberes, caméforas. Y los ambientes aristocráticos. Versalles, el Mikado, Chipre, etc. Los personajes idealizados, la divina Eulalia, la princesa en su jaula de marmol. Lo cosmopolita; los bienes ya realizados en artes plásticas o musicales, el prestigio de Grecia, Roma, la Edad Media, la Francia del S. XVIII; pero en cada uno de ellos resuenan las demas, esta unidad se nos muestra con distintos temples sentimentles: El tono frívolo, la elegancia, los juegos, las"risas y desvíos", las danzas son manifestaciones de un culto al arte puro; es un esteticismo que considera el arte como superior a la vida e implica una voluntad seria, difícil y casi religiosa de expresion honrada.
En 1905, publica Cantos de vida y esperanza, libro otoñal del poeta, al que se le va escapando la juventud. Dramas íntimos. No hay nunca en Darío la gran tragedia. Fue siempre aquel niño grande que le tuvo miedo a la muerte, pero un miedo físico, corporal. El miedo de un gran sensualista enfermo de soledad espiritual. Desde Azul (1888), se vislumbraba su preocupación por el gran misterio de la vida. La muerte, lo obsesiona ahora como cosa concreta que pondrá fin a los goces de la carne. En este libro, la temática se diversifica más y se hace más grave. Ya no es el francés de la vida versallesca, ya no es el parisiense de los placeres refinados. Ahora aborda el tema español. Vuelve por los fueros de la raza y le canta a la España del S. De Oro, la clásica e imperial, no la decadente de su tiempo. Amó siempre el esplendor, la púrpura, el oro y el armiño, y se inspira en la España de los Felipes, grandiosa y colorista. Darío manifiesta preferencia por el tema americano, pero su obra tiene mucho de poesía ocasional, como su "Salutación al Águila". Y vendrá el rápido derrumbe físico del gran artista que lanzará su más alto acento metafísico en "Lo Fatal", donde se observa un gran cambio: junto a lo pagano o lo erótico, aparecen tonos graves, inquietud, amargura. La preocupación humana, a veces al filo de lo social, como en "Salutaciones del optimista", "A Roosevelt", en la "Letanía de nuestro Señor don Quijote". No menos importante es el cambio psicológico del poeta, si antes su preocupacion era el placer, la vida bohemia, la búsqueda de las sensaciones raras, en una palabra el hedonismo, ahora por primera vez mira hacia adentro, se preocupa por el destino personal y por el significado de la existencia. Esto es lo que se encuentra en poesías como "Yo soy aquel" "Lo fatal" y los tres nocturnos.

¡Torres de Dios!

¡Torres de Dios! ¡Poetas!
¡Pararrayos celestes,
que resistís las duras tempestades
como crestas agrestes
rompeolas de las eternidades!

La mágica esperanza anuncia un día
en que sobre la roca de armonía
expirará la pérfida sirena.
¡Esperad, esperemos todavía!

Esperad todavía.
El bestial elemento se solaza
en el odio a la sacra poesía
y se arroja baldón de raza a raza.
La insurrección de abajo
tiende a los Excelentes.
El caníbal codicia su tasajo
con roja encía y afilados dientes.

Torres, poned al pabellón sonrisa.
Poned ante ese mal y ese recelo
una soberbia insinuación de brisa
y una tranquilidad de mar y cielo…




Rubén Darío. En : Cantos de vida y esperanza (1905)

Sonatina
La princesa está triste . . . ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro;
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas vanales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la líbelula vaga de una vaga ilusión.
¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgullosos de las perlas de Ormuz?
¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa,
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Esta presa en sus oros, esta presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal,
¡Oh quien fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está palida. La princesa está triste)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!
--¡Calla, calla, princesa --dice el hada madrina--,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor!
R. Darío, Prosas profanas, 1896.
*
Lo fatal

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.



Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido, y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida, y por la sombra, y por


lo que no conocemos y apenas sospechamos.
Y la carne que tienta con sus frescos racimos,


y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber a dónde vamos,
ni de dónde venimos…!
Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza, 1905

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